Mi amigo el corneta, suena cínico que diga esto yo, que perdí mil ocasiones de mostrarle un ápice de cariño en el grupo de whatsapp de los compañeros y compañeras de la EGB, donde él con puntualidad prodigaba su saludo cotidiano y amigable (allá por la hora en que muere la madrugada).
Cuarenta años después (reencontrados por la gracia de la red de redes, reunificadora de rebaños colegiales) y ni siquiera una palabra para él en tres o cuatro años de coincidencia en el chat (quizá más). Se me fue la oportunidad de brindarle algún guiño de aprecio, del aprecio -sincero- que de verdad le tenía.
Más de cuarenta años después, todavía recuerdo alguna etapa esporádica de mucha proximidad entre los dos; conocí su casa y él la mía, y alguna tarde se nos hizo corta a bolazos de futbolín o, tal vez, a tiros de combois. Puede que él no se acordase ya de nada de eso (quizá ni siquiera se acordase ya de mí: me lo hubiera merecido), pero me arrepiento aun así de no haber intentado al menos, después del reencuentro virtual, refrescar con él aquellos destellos de complicidad infantil.
Un chaval bueno que, no me cabe duda, se había convertido en un hombre bueno. Y un ejemplo de superación, porque Soto se vio rodeado siempre de circunstancias que no eran las más favorables para sacar sobresaliente en matemáticas o apuntar a una brillante carrera universitaria. Aun así, se hizo grande cultivando su pasión musical, en su Banda de Tejera.
Hoy, ya dolorosamente demasiado tarde, no callo. Hoy sí, amigo corneta, aunque sólo sea para la despedida, ojalá pudieras sentir mi respeto y mi orgullo íntimo de haberte tenido como colega, aunque sólo fuera alguna vez hace demasiado tiempo. Aunque estas palabras, fuera de plazo, tú ya sólo desde otra dimensión -quizá- puedas leerlas.
Que la tierra te sea leve, Paquito Soto.
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